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EL VÍA CRUCIS DEL PATIO TRASERO DE LA IGLESIA
MAYOR PRIORAL DE EL PUERTO DE SANTA MARÍA (CÁDIZ)

Alfredo García Portillo

Un tema cerámico del que existen numerosos ejemplos es el del Vía – Crucis, este asunto que se extendió por los diferentes pueblos y ciudades dada la dificultad de visitar los lugares pasionales en Tierra Santa, tiene ejemplos destacables en el siglo XVIII, citaremos el de Umbrete, el del Monasterio de la Encarnación de Osuna, el del convento sevillano de Santa Rosalía o los ya estudiados en nuestras páginas del Hospital de Mujeres gaditano.

En una zona poco accesible en la actualidad, se encuentra el que da el título al presente artículo. El lugar, el patio trasero de la Iglesia Mayor Prioral de El Puerto de Santa María, esta zona que está siendo acertadamente remozada en la actualidad deja ver una serie de 8 piezas de las catorce de que consta el Vía Crucis, pues la primera de las piezas a la que no hemos podido tener acceso está casi con toda seguridad en el interior de una caseta eléctrica, edificada hace ya muchos años. Otras dos piezas están aún cubiertas perfectamente, al objeto de que las obras de restauración que se llevan a cabo en los lienzos de la Iglesia y zonas circundantes, las libren de cualquier deterioro posible. Las otras tres piezas, se encuentran en el interior de dos almacenes construidos por dos de las cofradías portuenses, que tienen sus titulares en el interior de la Iglesia, lo que da por una parte la seguridad de que están siendo bien custodiadas, pero por otra la certeza de que la devoción al citado Vía Crucis caducó hace ya mucho tiempo.

El valor de las piezas es innegable, dada la escasez existente en la actualidad, si bien el deterioro que han sufrido es patente. Un estudio de las piezas hoy visibles nos permite contemplar como la ignorancia y el fundamentalismo pueden llegar a destruir una obra de arte, pues tanto las caras como en ocasiones los cuerpos completos de las figuras de sayones, judíos y romanos han sido literalmente picadas en los distintos retablos cerámicos que hemos tenido el privilegio de contemplar. Hay una pieza que se encuentra en estado aceptable y otras dos que aunque con desperfectos nos permiten hacernos una idea de lo que tuvo que ser el Vía Crucis en origen.

El modelo de Vía Crucis que estudiamos podríamos encuadrarlo en la segunda mitad del siglo XVIII y es cercano en cuanto a estilo al del Monasterio de la Encarnación de Osuna. A diferencia de éste, cada estación está compuesta por seis azulejos de 13 x 13 cms. de lado con una disposición de 3 filas por dos columnas. Se han utilizado los colores azul, verde musgo, morado, ocre y amarillo, como es común en la azulejería devocional de la época. El conjunto se encuentra enmarcado por una lista azul y exteriormente por una guardilla blanca con motivos ornamentales en azul de 7 cms. de ancho, lo que da una idea de la importancia que en principio tuvieron las piezas para aquellos que lo encargaron. En la parte superior un rompimiento de gloria. Las composiciones son sencillas, presentando los elementos necesarios para entender cada escena.

Texto y fotografías de Alfredo García portillo. Octubre 2008.